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1988: NY-LA

1988: NY-LA (Crónica de un viaje a América), de Juan Velasco Moreno, es una maravillosa road-movie en formato literario. Pero es algo, o mucho, más. En 1988, Juan Velasco y Javier Fernández, y Wills —un hispanista norteamericano enamorado del Quijote—, emprenden un viaje por los Estados Unidos con el fin de recorrerlo desde Nueva York a Los Angeles.


Aquella América de 1988, en lo sustancial, como signo y escenario, no difiere mucho de la que dejará Trump en enero de 2021. América en la descripción de Velasco es la del Gótico laico; la aferrada a su religión de lo pasajero; es la de la imposibilidad del regreso; la de los locos vagando por las calles de la ciudad, como inopinados ladrones de cuerpos; la del kitsch insoportable de los flamencos rosa; la de la frágil identidad desnuda y su fragmentariedad («In the desert, you can’t remember your name» cantaba —y no es una coincidencia— el grupo América). Es la constatación de que el viaje americano es un viaje de conocimiento, pero, sobre todo, de desaparición, en el que es inevitable borrar las huellas. Y ante la grandeza del paisaje geográfico y humano, enfrentarse ante la experiencia vivida, pero también catódica y de ficción, que llamamos América, implica deshacerse de cualquier tentación hermenéutica en pos —como quería Susan Sontag– de una experiencia erótica en el sentido en el que, como expresa, finalmente, Juan Velasco: «Arder es mejor que saber»